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    jueves, 2 de marzo de 2017

    De lo absurdo del género y otras etiquetas sociales

    Nos empestiñamos en dividir a las personas en clases arbitrarias.


    Como sus características sexuales determinadas por los cromosomas.

    Inmediatamente se me reprochará que eso es un hecho biológico.

    Y diré: bien, correcto. Lo mismo que el grupo sanguineo, rh, raza o infinidad de cosas más.

    Sin embargo, es evidente que la sociedad se ha construído en torno al género para determinar roles excluyentes. Y toda esa cuestión del patriarcado y el machismo histórico está sustentado por esa diferenciación de géneros.

    Luego, en el siglo XXI apenas estamos percibiendo la realidad de que hay personas que no se identifican con el hecho biológico. Y esto es así porque una persona no es, ni mucho menos, un mero hecho biológico.


    Un ser humano es mucho más que el hecho biológico. Es pensamiento, sentimientos, emociones, conciencia, cultura. Los fanáticos del hecho biológico nadan en su propia salsa primitiva, reduciendo al ser humano al primate ancestral con todas sus tradiciones y supersticiones.

    Por eso, para transcender la animalidad subyacente es necesario avanzar y crear sociedades de seres humanos sin etiquetas. Difícil, porque a los machos dominantes les va muy bien con sus comportamientos animales básicos, basados en la dominación de los machos alfa.

    Pienso en un mundo donde no haga falta clasificar a un ser humano en macho o hembra porque la única necesidad que tengamos sea identificar precisamente a ese ser: el ser humano. Y, aún así, no deja de ser una etiqueta que nos distingue de otros seres con derecho a vivir y a ocupar su parte en este mundo. Pero sería un avance extraordinario que en ningún documento sea necesario indicar si eres macho o hembra. A la postre, que seas lo que sientas y quieras ser.

    Naturalmente, no seré tan ingenuo para pensar que nuestra compulsiva necesidad de etiquetar se esfume como la entelequia que es. Podríamos usar otras etiquetas y llegar a una perversión social más descarnada. Podríamos quedarnos con otras perversas etiquetas más trogloditas aún, si cabe como etiquetarnos en razón de la fuerza muscular: fuertes y débiles. O etiquetas de influencia y poder que, al fin y al cabo, son totalmente similares a las de macho y  hembra.

    Pero no dejo de tener la esperanza de que, finalmente, lleguemos a un grado de desarrollo de la inteligencia y la sensibilidad suficiente como para abandonar esta tendencia. Y que las etiquetas se conviertan en una realidad histórica pasada y superada. Que no sintamos más la necesidad de ver machos y hembras sino seres iguales, navegando juntos en una hermosa nave planetaria.

    Si ahora parece utopía algún día la haremos realidad porque hay seres que nunca pueden dejar de pensar en la libertad; afortunadamente.

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